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Desde el otro lado (Capitulo 5 de Historias de la Guerra Híbrida)

  • Foto del escritor: Miguel Zapata-Ros
    Miguel Zapata-Ros
  • 13 jul
  • 4 min de lectura

 

En este relato de Historias de la Guerra Híbrida los protagonistas llegan a Moscú en abril de 2037. Su objetivo es complementario al de una estancia anterior en San Petersburgo, en la Escuela de Guerra Estratégica. Ambas, en apariencia se incluyen en un proyecto académico de estudios e intercambio de las universidades a que pertenecen y de la Universidad Estatal de Moscú, pero en realidad forman parte de una misión del centro estratégico europeo de guerra hibrida para analizar in situ la práctica y las bases teóricas de esta modalidad de guerra por parte de sus principales actores e impulsores: los rusos. En particular, en este capítulo los protagonistas escuchan y analizan las visiones de sus dos más destacados teóricos: Igor Panarin y Alexander Dugin. En definitiva, se trata con ello de conocer las amenazas hibridas desde el otro lado.

Como resultado, la exploración del pensamiento estratégico ruso contemporáneo, tal como la experimentan Daniel Zamora y Adrián González en su llegada a Moscú, revela una arquitectura intelectual tan imponente y severa como los edificios de estilo constructivista y estalinista que albergan a sus principales ideólogos. Daniel, un investigador volcado en el análisis sociológico y digital, y Adrián, cuyo conocimiento de la cultura rusa se forjó durante sus años de estudio en la Unión Soviética, se adentran en un entorno donde la funcionalidad del mundo moderno parece supeditada a visiones históricas y místicas de gran calado. En la Academia de Ciencias Militares, una edificación que simboliza la fortaleza militar mediante su geometría masiva, encuentran a Igor Panarin, un veterano de la inteligencia cuya afabilidad personal contrasta con una visión del mundo centrada en la confrontación perpetua. Para Panarin, la guerra de información no es un instrumento accesorio, sino el motor fundamental de la política mundial a lo largo de la historia, constituyendo el medio principal para alcanzar el poder espiritual, político y financiero. Bajo su análisis, la humanidad atraviesa una segunda guerra mundial de la información que, a diferencia de la primera ganada por Occidente tras la caída de la Unión Soviética, se libra hoy en el terreno de los significados, el intelecto y la espiritualidad.

La propuesta de Panarin se articula en torno a la ideología de las tres dimensiones: la espiritualidad, el Estado entendido como gran potencia o derzhava, y una democracia que debe estar condicionada por los valores tradicionales del pueblo ruso. En este marco, la guerra híbrida se define como un sistema de agentes de influencia en lugar de acciones destructivas físicas, operando como un proceso invisible que utiliza la desinformación, la propaganda en todas sus gradaciones y la manipulación de la información para afectar a las audiencias tanto internas como externas. El objetivo estratégico final es la generación de un caos interno en el adversario, de modo que la debilidad no sea provocada directamente por un ataque externo, sino que emane de las contradicciones y conflictos latentes en el interior de la propia opinión pública del enemigo. Esta "espada de información" se apoya en una estructura técnica de inteligencia y análisis que busca revertir la humillación histórica sufrida tras la era de Gorbachov, restaurando el orgullo nacional mediante una mística renovada que resuene en el alma del pueblo.

Este entramado estratégico encuentra un eco filosófico y existencial aún más radical en la figura de Alexander Dugin, cuyo despacho en la Universidad Estatal de Moscú parece un santuario dedicado a la insurgencia contra la modernidad liberal. Dugin, hijo de la burocracia militar soviética y profeta de la denominada Cuarta Teoría Política, rechaza el orden mundial unipolar liderado por Occidente, al que califica como una anomalía histórica y una fase de degradación ontológica. Su pensamiento recupera el concepto de Dasein de Heidegger para definir al verdadero sujeto político: no el individuo liberal, ni la clase marxista, sino una existencia auténtica arraigada en la etnicidad y la tradición de un pueblo. Para Dugin, la geopolítica es una ciencia que debe ser "sacralizada", recuperando las verdades de la geografía sagrada que dividen al mundo entre la talasocracia, o poder marítimo móvil y fluido del mundo atlántico, y la telurocracia, o poder terrestre estable y continuo que representa el espacio euroasiático. En esta geografía simbólica, el Este es el "positivo ontológico", la tierra del espíritu y la luz, mientras que Occidente representa el ocaso, la alienación y la muerte del espíritu.

Resulta particularmente inquietante para los observadores la interpretación que Dugin hace de la identidad española, a la que define como una "España Negra" esencialmente abierta a la muerte y ajena al hedonismo de la modernidad occidental. Citando tanto la defensa del Alcázar de Toledo como la mística del "duende" en García Lorca, Dugin sostiene que el despertar de España depende de encontrar su plano existencial en el lado contrario de la modernidad liberal. Esta visión se integra en su defensa de un mundo multipolar donde cada civilización debe preservar su propia episteme y rechazar el positivismo científico como un mito eurocéntrico. Dugin aboga por un retorno a formas tradicionales de conocimiento, como la teología, el platonismo y la geosofía, subordinando de nuevo el intelecto humano a lo sagrado y lo eterno.

Finalmente, la convergencia entre estas teorías y la práctica militar se manifiesta en la gestión estratégica del caos y la guerra en red. El caos no es visto como una entropía negativa, sino como una matriz desde la cual se puede engendrar un nuevo orden multipolar mediante la manipulación de las condiciones iniciales de un conflicto. La guerra de redes, según Dugin, debe operar en todas las direcciones —contra enemigos, aliados y neutrales— para multiplicar la efectividad de las estrategias que buscan debilitar la hegemonía global de las superpotencias occidentales. La paradoja fundamental que percibe Daniel Zamora al final de su inmersión es la coexistencia de una tecnología digital de vanguardia, simbolizada por el ultramoderno metro de Moscú, con visiones mesiánicas que parecen extraídas de épocas medievales, creando una mezcla explosiva donde el saber científico más avanzado se pone al servicio de una subversión total del orden democrático liberal.

 

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