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Violencia, dominación y control en el piedemonte sur de Murcia (sig. VIII–IX): continuidad en la violencia coercitiva y estructural desde la conquista islámica de la zona visigodo-bizantina

  • Foto del escritor: Miguel Zapata-Ros
    Miguel Zapata-Ros
  • 15 ene
  • 5 Min. de lectura

La zona sur del valle del Segura a piedemonte, desplegándose entre El Palmar y Los Garres, lo que constituía la antigua civitas de Ello, es un paisaje cargado de historia, un territorio donde los procesos de control y reorganización poblacional dejaron huellas visibles y profundas. Desde la Antigüedad tardía hasta la consolidación del emirato omeya en al-Andalus, esta región fue testigo de transformaciones que alteraron no solo la ocupación del territorio, sino la vida cotidiana de sus habitantes, revelando una violencia estructural que no siempre necesitó combates abiertos para manifestarse. Las evidencias arqueológicas y los testimonios históricos permiten reconstruir estas dinámicas con notable claridad. La violencia estructural, según Galtung (1969), se entiende como aquella incorporada en las estructuras políticas, sociales y económicas, que genera desventajas sostenidas, desplazamientos de población, pérdida de derechos y destrucción de recursos, aun en ausencia de enfrentamientos directos.1

Durante los siglos VI y VII, la región funcionó como frontera entre el reino visigodo y los enclaves bizantinos. El Parque Regional de El Valle presenta torres y puntos de observación, como Puntarrón Grande y el Cabezo del Palomar, destinados a vigilar rutas de tránsito, controlar accesos y supervisar la producción agrícola.2 La ubicación estratégica de estas fortificaciones implicaba que la vida de los habitantes estaba condicionada por la presencia constante de vigilancia, sin necesidad de que se produjeran enfrentamientos bélicos frecuentes, ejemplificando así un primer estadio de violencia de orden exógeno. La organización espacial y la infraestructura constituían herramientas de control sostenido sobre la población, estableciendo jerarquías y restricciones que moldeaban la economía y los asentamientos, pero exclusivamente en función de supeditar las funciones defensivas de cualquier otra. No como un orden social impuesto, a diferencia de lo que después sucedería.

El castillo de Los Garres, fortaleza tardía localizada en el corazón del piedemonte, ofrece una evidencia especialmente clara de estos procesos.3 Sus fases constructivas demuestran adaptaciones a necesidades defensivas cambiantes en una primera fase de su construcción hasta otros niveles que se documentan como de fases posteriores, en los que aparecen ya estratos de arrasamiento e incendios que reflejan episodios de destrucción y reocupación. Los hallazgos cerámicos incluyen materiales romanos, visigodos y andalusíes, indicando continuidad en la ocupación y transformación de usos a lo largo de varios siglos. Esto permite interpretar la fortaleza no solo como un enclave militar en un principio, sino como un centro de control territorial, administrativo y poblacional posterior, un ejemplo paradigmático de violencia estructural sostenida en el tiempo. Complementariamente, Fernández Avilés (1947) aporta datos tipológicos y cronológicos que permiten correlacionar las fases constructivas con procesos de reorganización poblacional registrados en otros núcleos fortificados del piedemonte.

Los testimonios históricos añaden una dimensión humana a la evidencia arqueológica. Frutos Baeza (1917) documentó en la rambla del Garruchal hallazgos de restos humanos y cenizas mezcladas con materiales cerámicos de distintas épocas, 4 mientras que Fuentes y Ponte (1873) reportó hallazgos similares en la hacienda de Tiñosa.5 Estos indicios muestran que la reorganización del territorio afectaba directamente la seguridad y la vida de las comunidades, generando efectos coercitivos prolongados que no podían reducirse a episodios puntuales de combate.

Con la instauración de la cora de Tudmir y la fundación de Madīnat Mursiya, la autoridad centralizó población y recursos, provocando desplazamientos de comunidades desde los núcleos fortificados del piedemonte hacia los centros urbanos protegidos. Fortificaciones y asentamientos periféricos como Los Garres, La Alberca y Algezares perdieron centralidad, mientras la redistribución de rutas de comunicación y producción agrícola consolidaba la centralización fiscal y administrativa. Estos cambios constituyen un ejemplo claro de violencia estructural: las decisiones administrativas y la planificación territorial producían efectos coercitivos sostenidos sobre la población, reorganizando la vida social y económica sin recurrir necesariamente a la guerra abierta.6

El estudio de estos procesos permite establecer paralelismos conceptuales con situaciones contemporáneas, como puedan ser las del ISIS o del Estado Islámico recientes, de control territorial ejercido de manera coercitiva y prolongada, tales como los territorios dominados por grupos que ejercen autoridad mediante desplazamiento forzado de la población, destrucción de infraestructuras y reorganización de la vida económica y social.7 La comparación es estrictamente conceptual: se analiza la lógica de dominación y control, no los actores ni los contextos históricos o tecnológicos, evitando juicios anacrónicos y manteniendo la precisión analítica.

A nivel cronológico, se puede reconstruir la secuencia de ocupación y transformación de la siguiente manera: durante los siglos VI y VII, la frontera visigodo-bizantina definía la ubicación de torres y fortificaciones que aseguraban la vigilancia estratégica; en los siglos VII y VIII, se produjo la ocupación continuada de Los Garres, La Alberca y Algezares, con niveles de arrasamiento y reocupación documentados y hallazgos de restos humanos y cenizas; en los siglos VIII y IX, con la fundación de Madīnat Mursiya y la consolidación del emirato, se centralizó la población, se abandonaron parcialmente asentamientos periféricos y se reorganizó la economía y las rutas de comunicación. Esta cronología permite comprender cómo la violencia estructural se prolonga en el tiempo y moldea de forma sistemática el paisaje y la sociedad.

El piedemonte sur de Murcia demuestra que la violencia estructural opera mediante procesos sistemáticos y prolongados, afectando la estructura territorial, los asentamientos y la vida cotidiana de la población. La evidencia arqueológica, los hallazgos humanos y los testimonios históricos revelan cómo la centralización emiral y la reorganización del poblamiento ejercieron coerción sostenida, dejando huellas que pueden leerse aún hoy en el territorio. Los castillos, torres y basílicas, más que simples vestigios arquitectónicos, son testigos de estrategias de control y dominación prolongadas, que transformaron la vida social y material durante siglos, y ofrecen un modelo conceptual útil para analizar procesos similares de reorganización y control prolongado en otros contextos históricos o contemporáneos.

Notas

  1. Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Journal of Peace Research, 6(3), 167–191. Conceptualización de violencia estructural y aplicación a control territorial prolongado.

  2. Jordán Montes, J. F., Molina Gómez, J. A., & Zapata Parra, J. A. (2011). La frontera entre visigodos y bizantinos en el Parque Regional de El Valle. Verdolay, 13, 115–140. Describe torres y fortificaciones de vigilancia estratégica.

  3. Séiquer, G. M. (1988). El castillo de los Garres: una fortaleza tardía en la vega de Murcia. Antigüedad y Cristianismo, 5, 353–402. Fases constructivas, arrasamientos y reocupaciones.

  4. Baeza, F. (1917). La Cresta del Gallo. Hoja de los Exploradores de España. Hallazgos de restos humanos y cenizas.

  5. Fuentes y Ponte, S. (1873). Informe sobre hallazgos de restos humanos y cerámicas en Tiñosa.

  6. Gutiérrez Lloret, S. (1996, 2011). Estudios sobre reorganización territorial en la cora de Tudmir y fundación de Madīnat Mursiya.

  7. Concepto de violencia estructural aplicado a análisis comparativo de mecanismos de dominación prolongada, sin equiparar actores ni contextos tecnológicos específicos

 

Referencias (APA 7.0)

Acién Almansa, M. (1994). Entre el feudalismo y el islam: ‘Umar ibn Ḥafṣūn en los historiadores, en las fuentes y en la historia. Universidad de Jaén.

Baeza, F. (1917). La Cresta del Gallo. Hoja de los Exploradores de España. Murcia.

Fernández Avilés, A. (1947). Estudios arqueológicos del sureste español. Boletín Arqueológico del Sudeste Español, Vol. III, Números 8–11.

Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Journal of Peace Research, 6(3), 167–191.

Gutiérrez Lloret, S. (1996). La Cora de Tudmir: de la Antigüedad tardía al mundo islámico. Casa de Velázquez.

Gutiérrez Lloret, S. (2011). Poblamiento y territorio en el sureste de al-Andalus. Arqueología y Territorio Medieval, 18, 9–34.

Jordán Montes, J. F., Molina Gómez, J. A., & Zapata Parra, J. A. (2011). La frontera entre visigodos y bizantinos en el Parque Regional de El Valle (Murcia). Verdolay. Revista del Museo Arqueológico de Murcia, 13, 115–140.

Mantilla Séiquer, G. (1988). El castillo de los Garres: una fortaleza tardía en la vega de Murcia. Antigüedad y Cristianismo, 5, 353–402.

Llobregat, E. A. (1973). Teodomiro de Orihuela y el pacto con los musulmanes. Anales de la Universidad de Alicante, 1, 5–28.

Ramallo Asensio, S. F. (1993). Cristianismo tardoantiguo en el sureste hispano. Antigüedad y Cristianismo, 10, 255–276.

 

 
 
 

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